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Opinando en nuestro blog

Libérate de tus miedos, aprende a decir NO

¿Cuántas veces has dejado pasar oportunidades por no decir lo que pensabas o te has encontrado haciendo algo que no querías por no decir NO? ¿Alguna vez te has enfadado por ser «el que siempre se come los marrones» o porque sientes tus derechos pisoteados? Lo cierto es que no es necesario que mantengas este sistema de funcionamiento durante más tiempo. Deja de poner excusas para decir NO, hay otras maneras de hacerlo que, además, favorecen la autoestima y refuerzan la seguridad en uno mismo.

Desde pequeñitos recibimos normas por parte de nuestros padres, abuelos y profesores para que nos portemos bien, no hablemos alto, sepamos comer con la boca cerrada y seamos obedientes, aunque esto suponga hacer lo que uno no quiere.

Muchas de estas pautas nos ayudan a integrarnos en la sociedad de forma adecuada, ya que claramente nos educan para ello. Sin embargo, ¿qué ocurre si mantenemos esta obediencia «ciega» a lo largo de nuestra vida, o si continuamos sin dar nuestra opinión o mostrar nuestros deseos por miedo a lo que piensen los demás? Tenemos miedo a parecer un mal hijo, un mal profesional, un mal amigo…

Y es que, ¿cuál es el peso que le doy a la opinión de los demás en mi vida? Si ponemos esta pregunta en el plato de una balanza y en el otro situamos nuestras preferencias, opiniones, valores y derechos, ¿hacia dónde se inclina?

Puede ser que tienda a anteponer la opinión y deseos de los demás a los míos, en ocasiones porque considero que ceder no tendría un coste personal importante para mí y en otras por miedo al «qué dirán», por miedo a las consecuencias. Llegados a este punto sería pertinente preguntarnos, ¿hacia dónde me gustaría que se inclinara la balanza? Si tu respuesta gira hacia que tus opiniones, derechos y deseos tengan más peso y, por lo tanto, sean más visibles, posiblemente te interese continuar leyendo.

Alcanzar la madurez en cada una de nuestras etapas evolutivas nos permite ir haciéndonos más autónomos e independientes. Esto implica tomar decisiones de una manera racional, preguntándonos qué queremos conseguir en cada situación para así poder dar los pasos que más nos acerquen a nuestro objetivo. Sin embargo, no todos los objetivos que me planteo dependen de mí. Por tanto, es importante ser realistas y establecer metas sobre las que podamos hacer algo, de lo contrario podríamos caer en la mala práctica de «darnos cabezazos contra el muro» convirtiendo estas situaciones en fuentes de frustración y malestar.

Hay quien dice que se aprende más de los errores que de los aciertos; lo cierto es que ambas alternativas son experiencias distintas por las interpretaciones y emociones que generan. Por ejemplo, tras exponer un proyecto en público y recibir las felicitaciones, puedo sentirme muy orgulloso por el buen trabajo realizado y por haber sido capaz de afrontar una situación que previamente me producía ansiedad. Al igual que podría sentirme decepcionado si la exposición no me hubiera salido todo lo bien que me hubiera gustado.

Sin embargo, hay una premisa importante a tener en cuenta cuando uno se plantea afrontar una situación que le resulta difícil y es que si no lo intento, no puedo saber si seré capaz o no. Desde luego, no intentarlo me sirve para reducir mi nivel de ansiedad a corto plazo, en este mismo momento, pero va a reforzar mi idea de que «no soy capaz» haciendo un daño considerable a mi autoestima. Y es que, basándonos en una de las frases más usadas por nuestros padres en la que nos decían: «si no lo pruebas, ¿cómo puedes saber que no te gusta?», podríamos hacer nuestro remake particular y preguntarnos: «si no lo intento, ¿cómo puedo saber que no soy capaz?».

Como ya hemos dicho, a veces no nos atrevemos a dar nuestra opinión o a decir NO, ya sea por el miedo a lo que la otra persona pueda pensar de nosotros, por las consecuencias que puedan tener o por no saber cómo hacerlo. Pese a que en ocasiones nos parece imposible decirle que no a otra persona, hay formas que nos ayudan a marcar estos límites y nos provocan una mayor sensación de seguridad en nosotros mismos.

Obviamente, no se trata de oponerme a todo tomando como lema el «dime de qué se trata que me opongo», algo importante a tener en cuenta es la importancia de no caer en los extremos pues ahí podríamos pasar fácilmente del polo de la pasividad al de la agresividad.

Se trata de tomar contacto conmigo mismo, tomarme tiempo para saber qué quiero, qué me ayudaría a sentirme mejor, escuchar en qué momentos se activa esa alarma interior que nos advierte de que algo no va bien. Posiblemente se active en aquellas situaciones en las que sienta que hay un conflicto de intereses o que van en contra de mis propios valores y creencias. Entre los extremos de la pasividad y de la agresividad, se encuentra la asertividad.

Las personas más asertivas cuidan sus derechos sin agredir a los demás, se muestran capaces de dar su opinión libremente, de expresar sus sentimientos y deseos e incluso de oponerse, respetando en todo momento a la otra persona. Curiosamente suelen ser personas respetadas por los demás, porque al marcar los límites muestran que se respetan a sí mismas.


Si quieres comenzar a funcionar de manera asertiva a continuación te proponemos algunas claves:

  1. Reconoce tu derecho legítimo a decidir preguntándote: «¿qué quiero yo?».

  2. Sopesa las consecuencias de tu elección y acéptalas como parte de ella.

  3. Evita el falso camino de las excusas, de lo contrario te encontrarás en un círculo de farsas del que te será complicado salir.

  4. Ten en cuenta que el cómo sí importa. Solamente con el lenguaje no verbal somos capaces de transmitir el 90% de la información.
  5. Observa la postura corporal que adoptas cuando te encuentras tenso, incómodo, inseguro, etc.
  6. Aprende a usar el lenguaje de la mirada, mira a los ojos de los demás de manera relajada y de vez en cuando cambia el punto de mira. Mirar a los ojos de otra persona de forma ininterrumpida puede resultar incómodo, evitar la mirada proyecta inseguridad. ¡En el punto medio está la virtud!
  7. Si la situación lo permite, emplea la sonrisa de vez en cuando, esto ayuda a relajar el ambiente.
  8. Sobre todo, ten clara tu decisión y agárrate a ella con fuerza, hay personas con una capacidad de persuasión ante la que resulta difícil no sucumbir.
  9. Ante una proposición, sé agradecido y libérate; lánzate a decir no: «te lo agradezco mucho pero hoy no me apetece salir».
  10. Reconoce lo que la otra persona te pide, empatiza con ella, entiéndela pero no cedas si no es lo que quieres: «Entiendo que a ti te gustaría mucho salir pero a mí hoy no me apetece».
  11. Identifica a las personas más hábiles y capacitadas para conseguir salirse con la suya, cuando haya llegado a la fase de insistencia repite, cuantas veces haga falta, tu negativa, escoge una frase y evita entrar al trapo, ¡no les des más argumentos! Cuanto más te justifiques, mayor poder le das a la persona persuasiva: «Gracias pero hoy no me apetece», «no me apetece», «no me apetece», «no me apetece»… Finalmente, esta persona se dará por vencida al comprobar que tu mensaje es firme y que no deja lugar a dudas.

Piensa en esto, si continúas dejando que las pequeñas decisiones del día a día las tomen los demás: ¿quién crees que maneja tu vida? Al fin y al cabo, nuestra vidas se encuentran mucho más determinadas por los pequeños hechos que por los agrandes acontecimientos que se producen de manera más puntual.

Como decía Baltasar Gracián: «no hay mayor esclavitud que decir sí cuando se quiere decir no». Está en tu mano decidir ser más LIBRE a través de tus elecciones. Tú decides.



Sobre el autor

Almudena Lloret Campoy

Almudena Lloret Campoy

Psicóloga Colegiada: AN-06619
Licenciada en Psicología, especialidad sanitaria
Master en Terapia de Conducta UNED
Experto universitario en Atención a Cuidadores de Personas Dependientes
Psicóloga Asociación Corazón y Vida

Perfil:

  • Psicoterapia Cognitivo-Conductual.
  • Especialista en Autoprotección emocional, Psicología de la Salud, Atención al cuidador y Duelo.

 

Más sobre mí...


Los primeros ocho años de mi vida los pasé en el Puerto de Santa María junto a sus playas y el pescaíto de la bahía, a partir de entonces me crie en Jerez de la Frontera, ciudad en la que nací y en la que crecí, entre sus caballos y volantes. De Cádiz me quedé con sus Carnavales y de Jerez con su Feria, amante de estas fiestas y de los momentos buenos que ofrece la vida.
Estudié la carrera de Psicología porque quería saber más acerca del mundo, un mundo gobernado por personas. Para ello me trasladé a Almería, ciudad desconocida donde abunda la buena gente, hasta llegar a Sevilla y convertirme en una enamorada de este lugar.
Adoro las buenas sensaciones, esas que se experimentan con los sentidos más allá de la razón. He aprendido a conocerme, a valorar mis virtudes y a aceptar mis defectos, a seguir aprendiendo para mejorar aquello que quiero cambiar. Esto me lo ha enseñado el día a día, la familia, los amigos y las personas con las que trabajo.
Creo en la bondad del ser humano y en que es posible pulirla para que brille, creo en la fuerza que tiene una sonrisa y creo en la fortuna de creer en los demás y en uno mismo.

 


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