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Affor, Prevención Psicosocial.

Todas las familias, entendiendo la diversidad de cada una de ellas, pasan por distintas etapas que forman parte del propio ciclo vital. Su capacidad de transformación y adaptación a los cambios influye directamente en el desarrollo y educación de las personas que la integran. Es en este punto donde la comunicación juega un papel imprescindible.

La comunicación: clave para el buen funcionamiento de las relaciones familiares

 

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Dicen que la familia te toca y los amigos se eligen. Eso es cierto. Hay muchos tipos de familia, donde se mezclan diferentes ingredientes: las relaciones, los afectos, las demandas, el crecimiento…

La familia puede considerarse como un sistema compuesto por diferentes subsistemas: el parental, que concierne a los padres y a su función como progenitores con sus hijos; el conyugal, que se relaciona con la pareja de los padres; y el fraternal, que se refiere a las relaciones entre los hermanos.

La importancia de la familia en el desarrollo de los hijos

La familia es uno de los agentes socializadores más importantes, especialmente para el desarrollo de los niños, ya que es el primer núcleo que se van a encontrar del que necesitan recibir afecto, apoyo y límites para ir desarrollando su personalidad.

Todas las familias pasan por etapas de crisis que forman parte del propio ciclo vital. Estas crisis o estadíos son momentos de transición en los que los miembros tienen que reajustar internamente siempre y externamente en muchas ocasiones, los cambios que se producen.

Según Hill, los estadíos de la familia son los siguientes:

  • Fundación y encuentro de la pareja
  • La novedad de ser padres
  • La familia con niños en edad preescolar
  • La familia con niños en edad escolar
  • La familia con hijos adolescentes
  • La familia con hijos jóvenes
  • El abandono del hogar por parte de los hijos
  • La familia después de la jubilación

La familia está en constante funcionamiento, y tiene que ser capaz de adaptarse y transformarse a medida que va pasando por estas etapas, de manera que se vaya reestructurando con el paso del tiempo. Por otra parte, existen también otro tipo de familias como las monoparentales, familias sin hijos, homoparentales o las familias de padres separados.

Claves para mejorar la comunicación familiar

Lo que está claro, es que para ir superando las etapas mencionadas, existe un elemento, que aunque no es el único, sí es indispensable integrarlo para su superación: la comunicación. Para ello, os damos algunas pistas de cómo mejorar la comunicación en el núcleo familiar:

- Ten en cuenta que todos los miembros tienen algo importante que decir. A veces por las prisas o por la propia edad de la persona (en el caso de que sean los niños), no tenemos en cuenta sus palabras. Interésate por todo lo que te cuenten tus hijos, aunque parezca una nimiedad o ya te lo haya contado más de una vez.

- Practica la escucha activa, es decir, mira a los ojos a la persona que te habla y asiente o haz gestos para que reciba que te interesa lo que te está contando.

- Habla para enseñar y para aprender. A través de la conversación asertiva nos podemos dar cuenta de errores de los que ni siquiera nos habíamos percatado, a la vez que podemos hacer ver al otro las dificultades sin sentirse atacado.

- Cumplir lo que se habla. En ocasiones se prometen cosas para cerrar una conversación sin existir un compromiso real. Sólo hay que hacerlo si se está convencido de que se puede cumplir, tanto si es algo bueno como un castigo. Si no se cumple, se corre el riesgo de ir perdiendo la confianza del miembro de la familia.

- Las discusiones entre los miembros de la pareja deben ser siempre en un entorno aparte de los niños.

- Evita las críticas destructivas y transformarlas en construcciones positivas.

- Fomenta la empatía, saber ponerse en la piel del otro ayuda a mejorar las relaciones familiares.

- Cuando se vaya a comentar algo importante que afecte a toda la familia, hay que unir a todos en una sala adecuada y conseguir que todo el mundo preste atención. Y si es posible, permitir a los niños tomar parte en la decisión final o, al menos tener muy en cuenta su opinión.

Y recuerda: “los sentimientos de valor sólo pueden florecer en un ambiente donde se aprecien las diferencias individuales, se toleren los errores, donde la comunicación sea abierta y las reglas sean flexibles, el tipo de ambiente que se encuentra en una familia cariñosa” (Virginia Satir).

Sobre el autor

Ana F. Chaves

Ana F. Chaves

Psicóloga Colegiada: AN-07176

Licenciada en Psicología, especialidad sanitaria

Experta en Trastornos Psicosomáticos

Experta en Intervención Sistémica

Experta en Psicoterapia Dinámica

Perito psicólogo del Arzobispado de Sevilla

Perfil:

  • Psicoterapia sistémica y psicodramática.
  • Especialista en ansiedad, trastornos de alimentación (especialmente en ingesta compulsiva), conflictos de pareja, dependencia emocional y terapia familiar.

 

Mas sobre mí.....

 

Soy hija de madre sevillana y arqueóloga y padre jerezano dedicado al mundo del ladrillo, hermana mediana de dos varones. Vivíamos todos con mis abuelos maternos, que nos criaron junto con mis padres.
Fui una niña alegre, sensible y muy teatrera. Lo de teatrera es literal, ya que estuve hasta los veintisiete años en una escuela de teatro. Pero no corramos tanto. Antes de esto, en la encrucijada de la decisión tan mayestática de qué quería hacer con mi vida a los 18 años, tenía la gran duda de si dedicarme al mundo de los anuncios y estudiar Publicidad o al de las emociones y ser psicóloga. Sorprendentemente, incluso para mí misma, me decanté por la Publicidad. Creo que lo que me atrajo fue el mundo de la comunicación, de la visualización, de la relación con los otros, sin saber que eso mismo era lo que estaba buscando pero en la otra profesión.
La estudié, la acabé y me dediqué a ello. Sin embargo, cada día, cuando iba a trabajar, notaba que me faltaba algo. No voy a negar que el trabajo me gustaba porque mentiría, pero me faltaba cierta chispa, el brillo en los ojos que se siente al dedicarte a lo que realmente te llena. Así que una noche, después de haberle explicado a una gran amiga la espina que sentía al no haber estudiado Psicología, y al ver ella tan obvia la solución, tomé la decisión, y finalmente, me dediqué a la una de la mañana, con la ayuda de mi padre, a buscar la nota de selectividad para realizar la matrícula.
Estudié la carrera trabajando como publicista, mientras tanto me casé y estuve viviendo una temporada en Londres. Después volví, hice mis últimos exámenes y me convertí oficialmente en Psicóloga. El cambio fue doble: laboral y personal, pues para mi alegría me convertí en madre y me gustó tanto la experiencia que la repetí a los dos años.
En cuanto a mi profesión, la recompensa fue tan satisfactoria, y yo estaba tan empeñada en trazar mi camino, que comencé a trabajar rápidamente en lo que quería. Ahora sigo formándome constantemente, ya que en esta carrera el continuo reciclaje me parece fundamental. Cuando me siento con un paciente soy consciente de que tengo delante una persona que pide algo tan básico como ayuda, que tiene alguna pieza por dentro con necesidad de reparar. A veces es difícil encontrar esa pieza, otras salta a la vista, pero trato de actuar siempre desde el profundo respeto que siento hacia el valiente que se pone a trabajar desnudando su alma.
Trabajo con el dolor, las pérdidas y la tristeza, sí; pero también con la motivación, la ilusión y el afán de recuperación. Mi mundo en las sesiones se llena de lo que sé y mejor manejo. De colores, de lágrimas, de tareas, de esculturas, de piezas de puzles que comienzan a encajar, de enfados con uno mismo y con otros, de comunicación no verbal, de miradas, de suspiros, de emociones finalmente expresadas y de algunas sonrisas. 
Soy afortunada de decir que para mí se cumple el dicho de Confucio: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

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