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Affor, Prevención Psicosocial.

La inmediatez con la que deseamos las cosas nos conduce a quererlo todo en el justo momento en que lo deseamos. Pero querer no siempre es poder. ¿Cómo gestionamos la frustración?

 

Lo quiero todo y lo quiero ahora

El otro día fui a comprar un cargador porque se me había roto el de mi teléfono. En la tienda, había un chico con su madre pidiéndole que le comprara el móvil, último modelo, de una marca cuyo nombre no puedo acordarme, a pesar de que el vendedor le decía que ese teléfono tenía prácticamente las mismas prestaciones que la versión anterior pero con un precio considerablemente mayor.

Mientras esperaba, yo terminaba de mandar un e-mail, que le llegaría a su destinatario en cuanto pulsara la tecla de enviar. Justo cuando lo envié, me apareció una notificación de Amazon de un producto que me interesaba, afirmándome que si lo pedía antes de dos horas, me llegaría al día siguiente. Previamente, me había llamado la atención un enorme cartel de color púrpura que estaba colgado en la puerta donde te aseguraban darte de alta en la compañía telefónica en tres sencillos pasos, haciendo hincapié en que sólo nos ocuparía cinco minutos de nuestro tiempo, y sin siquiera hablar con un operador. Es entonces cuando me decidí a escribir este artículo.

Ahora. Ya. Sin esperas. Oferta válida sólo este fin de semana. En menos de cinco pasos. Directo y sin tener que aguardar una cola. Resultados inmediatos. El más rápido y el mejor. Todas estas son frases que se repiten continuamente en la publicidad. Frases que hemos interiorizado tanto que no sólo las vemos como normales, sino que apenas podemos vivir sin ellas, porque no sólo queremos lo mejor, sino que lo queremos en ese instante. En algún momento, hemos olvidado que existe un proceso intermedio para conseguir cualquier cosa.

¿Cómo gestionamos la frustración?

Sin ese proceso, no lograríamos nuestros objetivos. Se ha distorsionado nuestra percepción de la realidad de tal manera que en muchas ocasiones esperamos conseguir lo que queremos sin pasar por los pasos intermedios, que en ocasiones llevan su tiempo. Esto nos lleva a sentimientos de frustración, que hace que sintamos malestar. La frustración es un sentimiento transitorio, natural, pero que tiene que ser canalizado para que nos sirva de motor de aprendizaje y para afrontar las dificultades que se nos presentan.

Si no corregimos la sensación que nos produce la frustración, es probable que aparezcan otras emociones asociadas: ira, rabia, tristeza… Si permanecen en el tiempo, surgirá el miedo al fracaso al no conseguir lo que queremos y bajos niveles de paciencia, lo que lleva a un sentimiento estable de decepción. No sólo tratamos de ahorrarnos el proceso a nosotros mismos, sino que incluso a veces lo tratamos de hacer con los demás. Por ejemplo, los padres que les ponen dibujos a sus hijos para comer, para vestirse, para esperar mientras entran al médico… Las razones son siempre las mismas: “es que si no, no come”, o “es que si no, se aburre, pobrecito”.

No nos damos cuenta de que nuestros deseos, o los de los niños del ejemplo, en realidad se convierten en órdenes implícitas. Y si no conseguimos lo que queremos, y en el momento que queremos, aparece la mencionada frustración. Es entonces cuando me encuentro cada vez más en consulta con adolescentes, e incluso adultos, eternamente frustrados, infelices consigo mismos, algunos con tendencias agresivas, porque, desde la buena voluntad de sus progenitores, no se les ha negado nada. Nunca se les ha enseñado que querer no siempre es poder. Que la mayoría de las veces hay que pasar por un proceso, más o menos largo o dificultoso para conseguir lo que queremos. Y que incluso hay veces que no puede conseguirse la meta, y que hay que saber aceptarlo.

Claves para cultivar la paciencia

El hecho de ahorrarnos todos los pasos intermedios, de conseguir los objetivos que nos proponemos sin una elaboración, puede llegar a hacernos incompetentes en algunas áreas. Tenemos que aprender a disfrutar del proceso y no buscar tanto la gratificación inmediata. Para ello, podemos empezar por cultivar nuestra paciencia, pues permitirá organizar mejor nuestro tiempo y aceptar los imprevistos. Pero esto… ¿cómo se hace?

  • Enfócate en el aquí y en el ahora. No adelantes constantemente, vivir en el presente hace que nuestro cuerpo y nuestra mente se sincronicen. Haz este sencillo ejercicio: elige tu comida favorita y cómetela lentamente, saboreando cada bocado. Trabaja con los cinco sentidos.
  • Aprende a distinguir los deseos de las necesidades. No es lo mismo un deseo genuino que una necesidad que muchas veces nos imponemos, como el ejemplo del chico que desea el teléfono de la última versión.
  • No te tomes los pasos intermedios para conseguir tu objetivo como un problema, sino como una oportunidad. Para aprender, para crecer, para adquirir nuevas habilidades…
  • Aprende a diferenciar el debe ser del es. Hay veces que no podrás conseguir lo que quieres. En ocasiones, recibir un no como respuesta es uno de los mejores favores que nos pueden hacer.
  • Dale la vuelta. Aprovecha la insistencia y capacidad de persuasión que tienes para lograr tus fines y vuélcalo en cómo conseguirlos.

En definitiva, cultivar la paciencia nos hará vivir una vida más plena y satisfactoria. No olvidemos que al ver sólo desventajas cuando tenemos que esperar por algo asumimos que la felicidad no se encuentra en ese momento, postergándola continuamente. Como dijo Eckhart Tolle: “Lo que causa malestar es estar en el presente queriendo estar en el futuro”.

Sobre el autor

Ana F. Chaves

Ana F. Chaves

Psicóloga Colegiada: AN-07176

Licenciada en Psicología, especialidad sanitaria

Experta en Trastornos Psicosomáticos

Experta en Intervención Sistémica

Experta en Psicoterapia Dinámica

Perito psicólogo del Arzobispado de Sevilla

Perfil:

  • Psicoterapia sistémica y psicodramática.
  • Especialista en ansiedad, trastornos de alimentación (especialmente en ingesta compulsiva), conflictos de pareja, dependencia emocional y terapia familiar.

 

Mas sobre mí.....

 

Soy hija de madre sevillana y arqueóloga y padre jerezano dedicado al mundo del ladrillo, hermana mediana de dos varones. Vivíamos todos con mis abuelos maternos, que nos criaron junto con mis padres.
Fui una niña alegre, sensible y muy teatrera. Lo de teatrera es literal, ya que estuve hasta los veintisiete años en una escuela de teatro. Pero no corramos tanto. Antes de esto, en la encrucijada de la decisión tan mayestática de qué quería hacer con mi vida a los 18 años, tenía la gran duda de si dedicarme al mundo de los anuncios y estudiar Publicidad o al de las emociones y ser psicóloga. Sorprendentemente, incluso para mí misma, me decanté por la Publicidad. Creo que lo que me atrajo fue el mundo de la comunicación, de la visualización, de la relación con los otros, sin saber que eso mismo era lo que estaba buscando pero en la otra profesión.
La estudié, la acabé y me dediqué a ello. Sin embargo, cada día, cuando iba a trabajar, notaba que me faltaba algo. No voy a negar que el trabajo me gustaba porque mentiría, pero me faltaba cierta chispa, el brillo en los ojos que se siente al dedicarte a lo que realmente te llena. Así que una noche, después de haberle explicado a una gran amiga la espina que sentía al no haber estudiado Psicología, y al ver ella tan obvia la solución, tomé la decisión, y finalmente, me dediqué a la una de la mañana, con la ayuda de mi padre, a buscar la nota de selectividad para realizar la matrícula.
Estudié la carrera trabajando como publicista, mientras tanto me casé y estuve viviendo una temporada en Londres. Después volví, hice mis últimos exámenes y me convertí oficialmente en Psicóloga. El cambio fue doble: laboral y personal, pues para mi alegría me convertí en madre y me gustó tanto la experiencia que la repetí a los dos años.
En cuanto a mi profesión, la recompensa fue tan satisfactoria, y yo estaba tan empeñada en trazar mi camino, que comencé a trabajar rápidamente en lo que quería. Ahora sigo formándome constantemente, ya que en esta carrera el continuo reciclaje me parece fundamental. Cuando me siento con un paciente soy consciente de que tengo delante una persona que pide algo tan básico como ayuda, que tiene alguna pieza por dentro con necesidad de reparar. A veces es difícil encontrar esa pieza, otras salta a la vista, pero trato de actuar siempre desde el profundo respeto que siento hacia el valiente que se pone a trabajar desnudando su alma.
Trabajo con el dolor, las pérdidas y la tristeza, sí; pero también con la motivación, la ilusión y el afán de recuperación. Mi mundo en las sesiones se llena de lo que sé y mejor manejo. De colores, de lágrimas, de tareas, de esculturas, de piezas de puzles que comienzan a encajar, de enfados con uno mismo y con otros, de comunicación no verbal, de miradas, de suspiros, de emociones finalmente expresadas y de algunas sonrisas. 
Soy afortunada de decir que para mí se cumple el dicho de Confucio: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

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